La Bruja

La Bruja

 

Estaba peinando a un gato negro con un peine hecho de huesos de fúrcula. La chimenea chisporreteaba llamas azul-rojizas y las avivaba de vez en cuando  echándole unas sales marinas. El caldero zarzumaba por el calor y desprendía un olor a huevos podridos, y un humo gris ceniza tan denso, que se podía coger con la mano.

De repente, entra una niña con dos grillos en una jaula hecha de una caja de zapatos.

 

-Toma abuela, para la pócima de las arrugas. La dice a su abuela.

 

La abuela suelta al gato en suelo y este en un descuido sale huyendo por una ventana entreabierta.

 

-Ya te cogeré, ya te cogeré. Dice con una voz entrecortada. Coge a los grillos y los machaca con un ajo y cilantro en un mortero de madera. Echa el potingue al caldero  y se produce una reacción en ese guiso estrambótico, cambia de olor y de color a un aspecto mucho más agradable, que inclusive dan ganas de probarlo.

 

Se oyen ruidos de gente. Una muchedumbre que se acerca, y cada vez se entienden mejor esos gritos desesperados.

 

-¡NO QUEREMOS BRUJAS EN NUESTRA ALDEA! ¡NO QUEREMOS BRUJAS EN NUESTRA ALDEA! Gritaban cada vez más cerca.

 

Esta mujer vieja de arrugas centenarias cogió un libro de una estantería y se lo dio a la niña.

 

-Corre cría, corre. Ve por el río orilla arriba. Yo hablaré, con quién no quiere hablar.

 

Salió la niña por la misma ventana por donde se escapó el gato y desapareció entre la maleza.

 

La Bruja se quedó removiendo el caldero esperando su destino.

Photo by Petra Brýdlová on Unsplash

Manuel Barranco Roda

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